No es nada fácil ser niño. “No cojas eso, mira que se lo digo a tu madre”. “Pórtate bien en el médico o le pido que te ponga una inyección”. “Como no te duermas pronto no vienen los Reyes”. “Hasta que no te termines la fruta no te vas a la piscina”. “No te bañes todavía, que se te corta la digestión”. “Si le sigues teniendo miedo a los perros, te echo uno encima”. “Cuando acabes el problema de matemáticas podrás salir al recreo”. “Pórtate bien en el circo o no volvemos más”. “Ahora te quedas de pie mirando a la pared y pensando en lo que has hecho”. “Eso te pasa por no haberte estado quietecita”. “Vete al cuarto con tu hermano, que estamos hablando cosas de mayores”. “Abre la boca, sopla, di “ahhh”, coge aire, salta a pata coja”. “¿A que ya no te duele?” “¿Desde cuándo no haces caca?” “A ti lo que te pasa es que estás enamorada”.
Un niño tropieza y se cae. Se rasca las heridas que están cicatrizando hasta hacerse sangre. Salta tres escaleras, se hace un esguince de tobillo y sigue saltando. Mastica y engulle papel si se lo pide su mejor amigo. Se infla de almejas y luego las vomita. Mete los dedos entre las puertas. Traga céntimos de euro. Prueba a introducir bolitas de plastilina o granos de arroz en su oído. Se parte el labio contra un bidé y ríe cuando se mira al espejo.
Los niños son, por definición, mocosos. Y curiosos, imprudentes… hasta un pelín impertinentes. “Me duele todo”. “Estoy muy malito”. “Dame un palo para mí y otro para mi hermano y mi prima y la bebé que mi mamá tiene en la barriga”. Tienen un descaro innato y una inocencia mágica.
“Lo peor de la Pediatría no son los niños, son las abuelas.” ¡Ja!
Las mismas que he visto esperar a las puertas del paritorio, ojos vidriosos y dedos casi sin uñas. Igual que esperaba él, pálido y tembloroso, cogiéndote de la mano y acariciándote la frente y el pelo mientras todos te animaban a empujar. “Ya está aquí, ya lo tienes, un poquito más, que ya viene”.
Así se pasa de ser “tú y tú” para convertirse en “mamá y papá”. Y planea en el ambiente la imagen de aquella sonrisa cuando, ocho meses atrás, os regalaron el primer biberón. “Parece que esto va en serio”, dijiste.
Tagore escribió: “Con cada niño que viene al mundo, Dios nos dice que aún espera del hombre”. Y es que el niño, el pequeño, el crío, el mimado de mamá pasa de buenas a primeras a demostrar una madurez más valiosa que la de un adulto; una nobleza y una lealtad que retumba en las paredes. El niño se expone, siente, se enamora y sueña su futuro. Cuando habla, se le escucha, pues es capaz de tatuarse sus principios y crecer sobre su propia altura. Su coherencia brota del temperamento y la humildad que bebe a partes iguales. Te abraza porque sí. No entrega sus besos al viento. De repente, no es que el niño se meta en cosas de mayores… es que ya es un hombre.
De lo que llevamos de año, me quedo con Abril. Por lo aprendido y lo desaprendido. Por tanto amor y tantas lecciones de vida en treinta días. Porque más me enseñan los niños que los mayores. Porque que te cuiden vale mucho. Y que apuesten por ti, más. Porque por qué no. Y si es contigo, mejor todavía.
Salud y mucha Paz.


